Relato Corto. Reto Módulo 4

El árbitro hizo sonar su silbato por última vez esta temporada. Con el pitido que marcaba el final del partido, el Grancos Club de Fútbol se había asegurado la victoria. Y con ella, el ascenso de categoría. Los jugadores de camiseta amarilla saltaban de alegría por el césped. Se reunieron en el centro del terreno de juego y se fundieron en un efusivo abrazo grupal. Luego corearon varios cánticos, entre ellos el himno de su club.

Había sido una muy buena temporada. Luis se sentía orgulloso del trabajo que habían mostrado todos, él incluido. Se había esforzado mucho para lograr el objetivo del ascenso. Su posición de defensa requería mucha concentración y reflejos. Un simple fallo, por pequeño que fuera, y el rival podía adelantarse en el marcador.

Después del partido (y de ducharse en el vestuario al ritmo de más cánticos), todo el equipo fue al bar situado frente al campo de fútbol. Se había convertido en un hábito acudir allí a tomar unas cervezas al acabar los partidos. Daniel, el capitán del equipo, se sentía especialmente alegre, sobre todo después de su tercera jarra. Observó a sus compañeros desde la barra. Compañeros con los que llevaba jugando cuatro años. Reían, brindaban y bromeaban, moviéndose de un extremo a otro del bar, ocupando todo el local como si fuera exclusivamente para ellos.

—Daniel, ¿en qué piensas?

Él se sobresaltó. Luis se había acercado, meneando una jarra medio llena.

—En nada —respondió—. Disfruto viendo a todo el equipo celebrar el ascenso.

—Ya veo.

Luis hizo una pausa. Luego se acercó un paso más a Daniel.

—Me gustaría comentarte algo…

—Espero que no sea algo triste. Si es así, mejor guárdatelo para otro momento —dijo Daniel con una sonrisa.

—No, no es triste, tranquilo. Es sobre Vicente. Te acuerdas de él, ¿verdad? Que estuvo con nosotros hace dos años.

Daniel ladeó la cabeza. Frunció el ceño esperando a que Luis continuara hablando.

—Sí, veo que le recuerdas. Pues bien, ¿sabes por qué dejó el equipo?

—Tuvo una lesión seria de rodilla, si no recuerdo mal. Sí, fue en un entrenamiento. ¿Qué pasa, has sabido algo de él? Desde que dejó el equipo no le he vuelto a ver.

—Bueno, verás… —Luis carraspeó y vaciló antes de continuar diciendo—: Realmente no tuvo ninguna lesión de rodilla. Lo fingió.

Daniel arqueó las cejas. Dos compañeros pasaron por delante, cada uno con el brazo extendido sobre los hombros del otro. Se habían vuelto a poner las camisetas amarillas con el escudo del equipo.

—¿Cómo que fingió? ¿Por qué iba a hacer tal cosa? —preguntó Daniel sorprendido.

—Tuvo que elegir. Por miedo, sobre todo.

—Luis, por favor, explícate y déjate de rodeos. Junto a ti, Vicente era de los mejores defensas del equipo. Nos supuso una baja importante que nos condicionó la temporada. Y ahora vienes a decirme que fingió y que tuvo que elegir. ¿Elegir qué?

—Déjame preguntarte algo antes. ¿Qué pasaría si te dijera que soy gay?

Daniel quedó pasmado, con la mirada fija sobre su compañero. No movió un solo músculo de la cara. Entonces, estalló en una sonora carcajada.

—¡Maldito seas! Casi me la cuelas.

Luis forzó una sonrisa y esperó a que Daniel terminara de reír.

—Ahora en serio. ¿Qué ocurriría? ¿Qué harías como capitán si alguien del equipo dijera que es gay?

Daniel quedó pensativo, como si aquella pregunta inocente le pillara por sorpresa.

—No es algo que me haya planteado. Sería muy extraño, la verdad

—Extraño, ¿por qué?

Daniel sonrió.

—Bueno, ya sabes. A los gays no les gusta el fútbol —dijo con tono seguro—. De todas formas, ¿a qué viene esta pregunta? Cuéntame lo de Vicente, y no des más rodeos. Venga, se directo, como en el campo.

—Vicente es gay.

Daniel volvió a adoptar la misma expresión de estupefacción, con las cejas arqueadas y la boca entreabierta. Cuando por fin reaccionó, dio un trago largo de su jarra.

—¿Eso te lo ha dicho él, o es un absurdo rumor? —preguntó Daniel con tono molesto.

—Me lo dijo él. Un día que fui a visitarle después de haber dejado el equipo.

—Bueno, no entiendo entonces porqué no nos lo dijo y prefirió dejar el equipo.

—Yo sí lo sé. ¿Y Sabes? Aún no me has contestado a la pregunta.

—¿Qué pregunta?

—¿Qué harías como capitán si alguien del equipo dijera que es gay? —repitió Luis con resignación en su voz.

—Ah, bueno. Por mí no habría problema, desde luego. Pero no puedo hablar por el resto de compañeros. Se sentirían incómodos al compartir vestuario, entre otras cosas. Ya sabes.

—No, no sé a qué te refieres. Explícame.

En ese momento varios chicos con la camiseta del equipo rodearon a Daniel, su capitán. Se lo llevaron entre vítores y más cánticos, mientras derramaban cerveza por el suelo y se salpicaban.

Luis sonrió por la escena. Sin embargo, en su interior sintió el peso de la frustración. Cargaba con una pesada losa que debía quitarse de encima. Vicente había tomado la vía fácil: abandonar su mayor afición, el fútbol, y a cambio vivir su vida tranquilo. Pero Luis no quería eso. No entendía que por el hecho de ser gay, debiera dejar de practicar un deporte que le llevaba apasionando desde que era pequeño. Cierto, quizá aquel no era el momento de decirlo. Pero lo haría. Le contaría a todo el equipo que era homosexual y que no le importaba lo que pensaran. Que él seguiría pateando el balón en el césped como había hecho hasta ahora. Y, sobre todo, quería jugar con ellos. Con su equipo y compañeros de toda la vida.

Comentarios